Aros


Lake Arrowhead, California. Un día de 1954.
Procedencia: Álbum familiar.
Ella dejó a sus amigos en la ciudad, después de su graduación. Se quedaron suspendidos en la última postal doblada, cerrada y autografiada con letras que forman un te extraño indefinido de quien la añoraba ya aún estando presente. Rutas de algo que se pierde. Palabras suspendidas en los portavasos antes del definitivo sonido del obturador.
Llegó a California por tierra y en el camino tuvo tiempo de pensar en todo lo que haría cuando llegara. Estar en casa del tío Carlos y tocar el piano del salón, mirar de frente la foto del hombre en sus años de servicio militar para no sentirse tan lejos de casa, tan en el mundo de los humanos que se despiden de su juventud cuando esta apenas ha comenzado. Probarse el vestido de bodas que la tía guarda en una caja hasta arriba del closet que nadie abre nunca. Cenar en familia en ese comedor que a veces a la pareja le queda tan grande. Contar todas las historias que sabe de memoria antes de rezar en la noche.
Y las tardes, allí, son diferentes, sobre todo en el lago. El olor de la vegetación habitando el barro, cientos y cientos de retoños brotando y animalitos que se mueren y alimentan a las flores. El viento que se pasea sabedor de su encanto, sintiéndose querido. El árbol viejísimo en el que alguien colocara los aros para ejercitar la gimnasia de la vida adulta, o más bien balancearse con todo el ímpetu y saltar muy lejos de ella para sortearla, haciendo de ello un juego. Mirar la caída al agua como una niña miraría un raspón en su rodilla. Escuchar el ya familiar sonido del obturador coreografiando una sonrisa mientras ella está en lo más alto, pasándola bien.