Cerámica pambolera


A propósito de futbol, nadie piensa en la porcelana. Es ya ajena la costumbre de tener un juego de tazas y platitos por si la situación se presenta, o si la visita adecuada aparece. En nuestro inventario emocional-digital estos objetos, así como el fútbol, no figuran salvo como curiosidades medianamente hoscas, lejanas.
A propósito de fútbol uno muchas veces recuerda, pero rara vez reflexiona sobre la memoria. Un señor mayor, con su terco vaso de cerveza clara, una madrugada de la víspera de un México - Alemania en 2018, me contó lo que fue enamorarse de Gerd Müller en aquel mundial de 1970. Después de hacer el pase de lista de jugadores soviéticos de los que jamás escuché hablar, y de la Brasil campeona de la que tanto hemos leído y mitificado, se paró de su silla a tomar no sé qué semilla y sentenció: "Yo no le puedo ir a México porque vi a Müller", un tanto poético y un tanto borracho. Aunque ese fue el mundial de Pelé.
Del 86 dijo que la mano de Dios le pareció maravillosa porque era la venganza de Maradona contra los ingleses arteros. El Azteca fue una extensión del campo de batalla y nosotros aliados del anti imperialismo. Los gritos de horror y los cañones se transformaban en el unísono festejo del gol. El regate era la mismísima burla.
Revisito esta conversación a propósito del mundial que viene porque me sorprendí pensando que si bien el 2002 fue el año del gol de Borgetti a Italia, y 2006 fue el mundial del doloroso gol de Maxi Rodríguez, el día de asueto para ver la inauguración o la televisión en el salón de clases para vernos medir contra los portugueses, el 2010 le ganamos a Francia y el 2014 casi le ganamos a Brasil y los holandeses nos robaron con un penal; el 2018 fue el mundial en el que tuve la conversación con el abuelo de mi amiga, al que su hija no paraba de hablarle para decirle que ya se fuera a dormir porque era tarde. Ese fue el último mundial en el que dejé de pensar en el fútbol, y aunque no sé por qué, algo tuvieron qué ver las palabras que ahí nos dijimos.
2022 fue el mundial de la homofobia, de los trabajadores explotados, muertos, llevados a traición a un país desértico a trabajar de sol a sol con la promesa incumplida de un futuro contrato como futbolistas profesionales.
2026 es el mundial de las trabajadoras sexuales desplazadas y violentadas en CDMX, de los cientos de desaparecidos encontrados en las inmediaciones del estadio de las chivas, de los indigentes asesinados en Guadalajara, de los mi-casa-ahora-es-un-Airbnb, de los que se han tenido que mudar porque para tener un departamento de 2 recámaras no les alcanza con 2 sueldos. Y ninguno de ellos va a poder estar en un estadio. Ninguno se va a poder enamorar de Messi o de Mbappé o de Vitinha. No se los hemos permitido.
A propósito de los platitos de porcelana recordé que el fútbol también es presente, y es de nosotros.