El bote


El Río Baluarte, El Rosario, Sinaloa. Un día de, quizá, 1959.
Procedencia: Álbum familiar.
El bote, el mismo bote que llevaba anclado todo el año a la soga de nadie, permanecía inmóvil con una obstinación silenciosa. Su sombra remojada insinuada bajo el agua reflejaba apenas un movimiento acompasado. El cómo llegó ahí nadie lo sabía, pero todos en El Rosario llegaban a la conclusión de que no quería moverse de donde estaba, que había arribado con el río.
Él creció escuchando las historias de los objetos perdidos en el río: las carteras de sus compañeros de secundaria, la chaqueta del más chico de sus primos, los centavos arrojados con la promesa de volver de otra forma a las manos de quienes los lanzaban, pequeños artefactos sin uso y sin forma de saber que acabarían debajo de un manto de agua decidido a desentender sus formas. Le intrigaba el río y el por qué de todas las cosas perdidas en sus bordes, el bote no parecía obedecer sus reglas de extravío.
Se decidió a sumergir sus pies y continuar caminando hasta donde su cuerpo le indicara. Subía por su costado la corriente. Sintió de golpe, apenas habiendo avanzado un poco, cómo el agua lo sostenía. No nadaba, no había en él voluntad de movimiento. Se dejó estar con el torso apenas inclinado y los brazos estirados tocando posibilidades de flote. Cerró los ojos. Bajo sus párpados tenía la misma imagen de lo que estaba viviendo: el mismo bote fijo donde hacía tanto tiempo, y él a su lado, negociando con la superficie si se sumergía entero o permanecía quieto un momento más. Ambos detenidos en un lugar que no eligieron del todo. Como si nada, en realidad, estuviera ocurriendo y él estuviera siendo devuelto a la superficie.