Elsa "La Brava"


• Registro: Documento sindical-deportivo con fotografía.
• Procedencia: Federación de Sindicatos de Trabajadores al Servicio del Estado (FSTSE).
• Evento: VI Juegos Deportivos Nacionales.
• Equipo: Voleibol (su adaptación fonética "vilibol) - Agricultura.
La ciudad no sabía que en unos años dejaría de ser transitada con los pies. Las calles respiraban con dificultad, creciendo para todos lados desde el centro. El frío entumecedor de diciembre no tardaba en llegar dos meses después de anunciado. Estaban ahí, todos, formados para recibir sus permisos, su incursión a los Juegos Deportivos del sindicato. Elsa llevaba su firma en la mano y sus fotografías infantiles en la cartera al lado de su pasaje. Le había contado esa mañana a su familia que jugaría con las agricultoras de su vecindario después de un matutino incrédulo "¿apoco sí le hace a esas cosas?".
Se llegaba la hora de ponerse los tenis. Uno a uno llegaban con sus uniformes doblados en periódicos. Algunos llevaban todavía la camisa de oficina con el logo mal sellado en el pecho. Eran empelados: archivistas, auxiliares técnicos, gente que trabajaba con la tierra, agricultores. Pero su uniforme no era ese, pertenecían en ese momento a algo más grande, más suyo, más del campo.
El partido empezó tarde. Siempre tarde. Faltaba una jugadora, dos. Las canchas de fútbol estaban pegadas a las de básquet y estas a las de voleibol. Cada uno en su tiempo adelantado. La cal que los delimitaba se borroneaba con cada ambigüedad arbitral. Las canchas se expandían con el juego. En las gradas hablaban de plazas ocupadas por otros, del temblor que había tirado el Ángel hace unos días. Todos esos emblemas cotidianos esperaban el pitido que les permitiera ver a sus familiares, compañeros y amigos para gritarles que estaban de su lado. El deporte servía para que el cuerpo recordara algo que el trabajo iba borrando.
Y ahí estaba Elsa, pidiéndole a sus brazos otra cruzada de red. Viendo el marcador subir y bajar con su pulso. Sin saber que en unos años seguiría recordando ese 12-18 adherido a su identificación, esa a la que le engrapó su fotografía, la que guardaría veinte años. Un retrato hecho para durar lo suficiente, para perecer poco antes que una vida. Y así tomaron esa fotografía: Elsa, la de la mirada puesta en el balón que subía.
