Tierra adentro

Paola Ramírez

6/7/20262 min read

México. Un día, quizá, de los años 50s.

  • Procedencia: Archivo familiar.

Les quedaba lejos, era todo lo que sabían. Salieron despacio sin la urgencia que lleva consigo saber a dónde vas. Debían atravesar media hora de terracería para incorporarse a la carretera y de ahí tomar el rumbo que buscaban. Carmela guardaba ese vestido de flores pintadas para una ocasión especial. Su madre prefería lo simple, lo primero que te encuentras al abrir un cajón olvidado. Se cerró la puerta detrás de ellos. El padre de Claudia no dejaba de mirar la manga a punto de arrugarse. Estaban todos listos a su manera. Vistos de cerca tenían el aspecto de una familia cuando sale junta: cada uno en otra parte, pensando en algo distinto.

El primero en salir es el que tiene la costumbre de mirar de reojo cada tanto hacia atrás, solo para comprobar en un mal envejecido sentido de supervivencia si alguien no ha extraviado su camino. Agustín no creía en la pomposidad de vestirse para algo importante así que llevaba un poco de lo mismo bajo su cámara. Antes de que notaran que quería retratar ese momento, saltó de la tierra un brillo atrapado como le gustaba que empezaran las series infantiles que veían. Algo pequeño, insignificante, uno de esos objetos que cambian el rumbo si se arrojan al bolsillo o se dejan donde están. Donde comienza o termina una aventura. Claudia se apresuró en atraparlo. Desapareció enseguida dentro de su puño cerrado receloso. Guardó esa chispa en el bolso. Los demás no parecían haber notado que se había detenido. Salieron disparados como caballos en juego de feria, preocupados por llegar primero. Lo sostuvo oculto todo el camino para asegurarse de que no se le escapara. Si le preguntas hoy a la familia Hernández a dónde iban ese día tal vez no sepan contestarte, nadie habría pensado que años después ese secreto en el bolso de Claudia sería lo único que recordarían de aquella mañana del 53.