Umbrales


México - Estimación: 1927-1936.
Registro: Fotografía en papel baritado. Exposición manual virada a sepia.
Procedencia: Desconocida. Posible archivo familiar.
Años treinta, tal vez. En esa casa de muros gruesos el pasado colonial parece ya no sostener una casa. La luz entra pidiendo permiso, afilada, blanca, cortando la penumbra en dos mitades irreconciliables: dentro la sombra espesa de un umbral, afuera la calle donde un automóvil espera como un animal metálico a dos mujeres vestidas de negro. La cámara –a veces paciente— decide que el mundo será así: alguien esperando, alguien que está por irse.
La casa se vuelve una garganta, un túnel, pasaje. El que lleva la cámara expone para la luz exterior; el interior se sacrifica. El disparo es breve. Un clic apenas audible sobre el rumor lejano del motor. El celuloide, sensible pero limitado, está por acabarse. El interior se hunde en negro. Las mujeres quedan delineadas, casi espectrales. Parecen estar a punto de avanzar, de decir algo. Son residentes del tránsito, plañideras. Sostienen el luto como si sostuvieran un cántaro lleno hasta el borde. Por un instante, mientras el obturador abre y cierra, parece que su cuerpo nace del fondo para acompañar el cruce de las sombras. No se sabe a quién acompañarán esta vez. Se quedan con el llanto —que es el más antiguo de los ríos— entre nombres que no conocemos.
***
Décadas después, la copia amarillea y el negro se vuelve marrón tenue. Los contrastes se espesan aún más pero el umbral persiste. Cada vez que alguien mira la fotografía, vuelve a colocarse dentro del zaguán, en la zona oscura. Observa a las mujeres y comprende —aunque no lo diga— que toda vida es eso: una permanencia momentánea en la franja entre dos luces.
El funeral probablemente terminó. El coche partió. La tierra cayó sobre el ataúd con ese sonido sordo de tierra removida. Las plañideras regresaron a sus casas con los ojos hinchados y la voz gastada. Pero en la imagen nada concluye. El umbral no se cruza. Y así, cada vez que la fotografía es mirada, las dos mujeres vuelven a estar allí, vestidas de negro, guardianas del cruce, sosteniendo la muerte como quien sostiene una puerta que no quiere cerrarse del todo.
